El dolor llegaba en oleadas, cada una más intensa que la anterior, transformando el tiempo en algo elástico e impredecible. Mariana apretó los dientes mientras otra contracción la atravesaba, sus dedos encontrando automáticamente la mano de Khaled, que permanecía sentado junto a la cama con el rostro más pálido de lo que ella le había visto jamás.
—Respiraste mejor cuando te dispararon —murmuró entre jadeos, intentando encontrar algo de humor en medio del dolor.
—Esto es diferente —respondió él