—No me quejo. —Se retorció y agarró su rostro y lo besó en cada centímetro. Su barba clara, su barbilla, su nariz, sus cejas y luego sus orejas. Más que besar. La pequeña loba le mordió el lóbulo de la oreja y envió una ola de pasión lobuna por todo su interior.
—Oh, mi Mary —dijo con voz ronca—. Quiero hacerte el amor hasta el amanecer, pero debemos irnos. Prepara el equipaje mientras hago los preparativos.
—¿Debemos?—
—Sospecho que no van a volver, pero mi jefe no quiere que corramos el riesg