—Estoy bien —respondió ella rápidamente, frunciendo el ceño—. Estoy bien.
La miré a los ojos en busca de alguna mentira, pero no vi nada. —¿Lo eres?—
Me acarició la mejilla con el pulgar y tomó entre sus manos mi tensa mandíbula. —Velbert, por favor, créeme. Estoy bien.
A Verónica se le quebró la voz y dejó de hablar. Me acerqué a la mesita de noche, tomé el vaso y se lo entregué. Ella bebió el agua de un trago con un suspiro de alivio. —Gracias—, dijo sin pronunciar palabra.
Dejé el vaso vacío