A la mañana siguiente, en la cama de la habitación más lujosa de aquella casa a donde él la había llevado a vivir para hacerle creer que haría todos sus sueños realidad, Amelia se despertó. La cabeza comenzó a dolerle en el momento, como si hubiera bebido de más, aunque la verdad es que estaba embriagada de tanto dolor.
A su lado nadie estaba, ella seguía con la misma ropa, no había una nota ni nada que dijera a dónde había ido Santiago.
Amelia tenía tantas cosas en la cabeza que era muy