CAPÍTULO TREINTA

A la mañana siguiente, en la cama de la habitación más lujosa de aquella casa a donde él la había llevado a vivir para hacerle creer que haría todos sus sueños realidad, Amelia se despertó. La cabeza comenzó a dolerle en el momento, como si hubiera bebido de más, aunque la verdad es que estaba embriagada de tanto dolor.

A su lado nadie estaba, ella seguía con la misma ropa, no había una nota ni nada que dijera a dónde había ido Santiago.

Amelia tenía tantas cosas en la cabeza que era muy
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