—Ay, no lo puedo creer, pedacito de cielo, no puedo creer que estés pasando por todo esto después de la muerte de aquella niña. Por supuesto que no niego que la muerte de aquella niña nos pegó a todos, su esposo se está muriendo de la tristeza, pero por favor, pedacito de cielo, todo va a estar bien —, dijo Facundo frente a mí, con la piernas cruzadas y con una copa de vino.
Ya le había dicho todo, la manera en la que me sentía, la manera en la que la vida se había pintado desde la muerte