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Treinta minutos pueden ser eternidad o parpadeo dependiendo de si cuentas el tiempo con relojes o con latidos de corazón desesperado.

Valentina Solís de Cortés no respiraba cuando la puerta de acero se abrió. No podía. El oxígeno se había convertido en algo abstracto, innecesario, mientras observaba la figura que emergía de las sombras del pasillo iluminado con luz fluorescente que convertía la piel en cadáver.

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