El segundo partido lo gané a una galesa muy alta, simpática y que me regaló el peluche de un osito antes del partido.
-Te admiro, Katherine-, me dijo en un español muy elegante.
-Ay, eres muy dulce-, le dije emocionada, aunque fastidiada porque yo no tenía nada que regalarle para agradecerle el gesto.
Ella jugaba muy bien y aprovechaba sus grandes brazos. Parecían molinos y lanzaba unos pelotazos muy fuertes que me obligaba a hacer un máximo esfuerzo para responder sus remates. Además, gr