Me levanté sacando definitivamente su picha de mi coño, al menos por el momento, y fui a lavarme un poco a la pila. Apenas podía caminar, las rodillas se me doblaban y al mirarme al espejo noté un rostro nuevo, desencajado pero complacido. El salió un poco después y me acercó su brazo extendido con algo que colgaba de su mano. Desbordada como estaba, no sabía qué era aquello que se me antojaba tan extraño y acabé riéndome cuando le oí decir: “Tus braguitas, tonta”.
Yo no sabía a quién mirar, si