Siempre sentí que le debía todo a Georgia. Desde que me adoptaron nuestros padres, mi hermana quedó relegada como única hija, como la consentida de la casa a la que le bastaba con estirar la mano para conseguir todo lo que siempre deseó. Perdió una parte de su habitación, de la atención de sus padres, del dinero que ellos ganaban. Los «no» fueron más recurrentes. La negativa y la falta de todo lo que antes poseía, le hizo odiarme desde el primer momento.
Suspiré y miré la carretera frente a mis