Mis hombros cayeron y asentí como muñeca.
―Así me gusta, obedece a tus mayores ―bramó por lo bajo. Sus dedos pasaron por mi piel en un roce inquietante que me pegó al mármol de la mesada.
Pese a que gracias a la encimera me veía más alta, aún estaba por debajo de su mirada, y su actitud no hizo más que reforzar el apelativo que me dio.
Soltó mi pierna, pero antes de que pudiese entender lo que quería hacer, me tomó de las caderas y me acercó a su cuerpo para cargarme. Di un gritito de la impres