Diana estaba más relajada, se le veía en su rostro aparte de la sonrisa que tenía que contagiaba a su amiga Carla y a Frank el novio de ésta.
Llevaban rato caminando con calma viendo los puestos de juegos, mientras Diana abrazaba a sus dos peluches como si fuera lo más valioso que haya tenido, eran muy suaves y grandes, eran del tamaño de su tronco, tenía que poner uno a cada lado de sus caderas para poder ver al frente.
—Chicas ¿y subimos a la casa del terror? — pregunto Frank muy entusiasmado