Las dos tuvimos que ir a una de nuestra cafetería favorita, en donde siempre nos contábamos nuestros secretos. Pero esta vez era diferente, ya que a pesar de que teníamos muchas ganas de decirnos cosas hirientes, nadie dijo nada, hasta que llego la camarera con nuestros cafés.
–Buen provecho. –Dice la camarera, dejando nuestros cafés en medio la mesa, mientras las dos permanecemos calladas.
–Lea, lo siento mucho. –Se disculpa mientras toma mi mano de la nada. –Sé que no debí de haberte dado la