El amanecer en obra tiene su propio protocolo.
Primero el olor: cemento que pasó la noche bajo lona, tierra húmeda de noviembre, el metal de los andamios. Después la luz: ese gris azulado que entra oblicuo entre las estructuras antes de que el sol decida si va a aparecer. Después el sonido: el compresor arrancando, las botas de Rosales sobre la plancha de acero del acceso norte.
Irina llega a las seis y cuarto.
El casco. Las botas. Los planos físicos bajo el brazo.
Rosales la ve llegar desde el