Killian estaba acostumbrado a las quejas ocasionales y leves que llegaban desde la cocina. Ambos eran adultos; escuchar o incluso presenciar comportamientos íntimos entre una pareja no tenía nada de sorprendente. Lo que lo estaba molestando era algo completamente diferente.
Killian sostenía el objeto antiestrés en la mano izquierda. Al apretarlo con más fuerza, la sonrisa de su rostro se deformó en la palma de su mano, al igual que su estado de ánimo en aquel momento.
¿Debería despedir a Samia?