CAPÍTULO 28: un beso que quema

Apreté los dientes, tragándome el suspiro que amenazaba con delatarme, y me obligué a recordar quién era. Reuní cada gramo de orgullo que poseía y congelé mi voz antes de hablar.

—¿Ya terminaste? —solté, con una voz cortante y artificialmente fría, interrumpiendo el movimiento de sus manos justo cuando ascendían por mi cadera.

Cristian se detuvo en seco. Sus manos se quedaron inmóviles sobre mi piel durante tres segundos que parecieron eternos.

Me incorporé despacio, apoyando los codos en la re
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