Te encontré

POV Isabella

El murmullo de los clientes, las risas bajas, el tintinar de las cucharillas, el sonido de la puerta cada vez que alguien entra, todo es música para mis oídos.

Todo es mejor que mis pensamientos.

- Gracias, Isa.

Con una sonrisa tomo la propina y la guardo en el bolsillo de mi delantal.

- Gracias a ti Mack - sonrió de vuelta.

A Mack le gusta darme buenas propinas.

- Tu café es el mejor. Nos vemos Isa - se despide ya caminando hacia la puerta de salida.

Isa.

Acá soy solo Isa.

- No pensé que pudieras hacer algo más que vivir de mi abuelo, Isa.

Esa voz.

Hace años que no la escucho pero enseguida la reconozco.

A tres asientos de dónde estaba Mack lo veo.

Sebastián Blackwell.

Traje negro, espalda seguida, mandíbula tensa, ojos oscuros.

Definitivamente es él.

Sintiendo como el aire queda atrapado en mis pulmones me acerco con cautela. No se qué hace aquí pero no puedo simplemente ignorarlo.

- Buen día señor, bienvenido - saludo con una sonrisa falsa - ¿desea algo de tomar? - pregunto, fingiendo una calma que no siento - puedo ofrecerle...

- Tenemos que hablar, Isabella – dice con seriedad.

Él no parece sorprendido de verme y aún así el desdén en su mirada es obvio.

Si él está acá es porque ha venido a buscarme. No ha sido una coincidencia.

- Estoy trabajando - mascullo.

- No me importa.

A nuestro alrededor varios clientes nos observan.

Hemos llamado la atención.

- Me puedo tomar un descanso en diez minutos - digo fingiendo una sonrisa. No quiero causar un escándalo, no aquí.

Sebastián me observa, observa el lugar a nuestro alrededor y con un asentimiento seco se traslada a una mesa vacía en una esquina.

Es obvio que no piensa irse hasta que hablemos.

- ¿Está todo bien? - pregunta una de mis compañeras acercándose hasta donde estoy.

- Si - miento aunque por dentro me encuentro completamente horrorizada.

No entiendo que esta haciendo Sebastián en este lugar.

- ¿Él está bien? ¿Le sucedió algo a...?

- No - la interrumpí rápidamente - todo esta bien, no es nada. Eh... Creo que me tomaré un descanso - anuncio quitándome el delantal para dejarlo debajo de la barra.

Mi compañera no dice nada. Por lo general no suelo tomar descansos y cuando lo hago son breves.

Mientras camino hacia la salida siento la mirada de él en mi pero no volteo.

Me dirijo hacia una plaza cercana, allí podremos hablar sin tantas miradas encima.

- No sabía que ahora servías café - dice Sebastián tomando asiento en el banco del parque donde estoy.

Siempre he pensado que el aire libre me sienta bien y aunque intento respirar profundo no lo logro.

- Mi abuelo ha muerto - dice de pronto.

Su voz es plana, como si no le importará, aún así siento pena por él.

Yo ya sabía que Julián había fallecido.

Recuerdo cuando recibí la noticia y lo mucho que llore.

Julián Blackwell era un excelente hombre.

- Ya lo sabía - mascullo.

Siento su mirada en mi pero aún así no volteo a verlo. Mantengo mi atención en una pequeña ardilla que está escalando por las ramas de un árbol frente a nosotros.

- Ya se leyó el testamento.

- No soy parte de eso - respondo sin interés.

- Te equivocas.

Sus palabras llaman mi atención.

- ¿A qué te refieres? - pregunto enfocando mi mirada en él.

- Estás en el testamento.

- No lo quiero. Lo que sea que Julián me haya dejado puedes quedártelo.

- No es tan fácil.

¿Fácil?

Para mí nada ha sido fácil.

Sebastián me observa con dureza.

- No voy a pedirte nada - aclaro y lo digo en serio. Yo no quiero nada que le pertenezca a Sebastián.

En silencio él me observa y algo en su mirada me asusta.

- Vas a volver conmigo a la mansión.

- ¿Que? - pregunto. ¿Acaso escuché mal?

- Dije que...

- ¡No! - me niego poniéndome de pie - no tienes ningún derecho de venir aquí y pedirme eso.

- Yo no vine a pedirte nada - declara.

Incrédula no puedo evitar soltar una risa.

- Estás loco - declaró - no pienso hacer lo que dices.

- No te estoy dando opciones Isabella. Vas a volver conmigo y no pienso discutirlo.

Sin saber que decir lo observo aún sentado como si lo que estuviera diciendo fuese lo más normal del mundo.

Sus ojos oscuros, casi negros me observan con tanta frialdad que me hacen estremecer.

- No entiendo. ¿Por qué tengo que volver contigo? – no puedo dejar de preguntar.

- Mi abuelo ha dejado una cláusula en el testamento.

- ¿Y? – sigo sin entender – ya te dije que no quiero nada. Todo es tuyo.

Sebastián me observa con una sonrisa fría.

- Y lo es. Pero para que todo sea mío primero tengo que cumplir con “esa” cláusula – explica aunque sigo sin entender.

- No entiendo que tiene que ver eso conmigo.

- Lo tiene todo que ver – dice poniéndose de pie.

Con Sebastián de pie tengo que levantar mi cabeza para poder verlo a sus ojos.

Él es muy alto.

El silencio que se instala entre nosotros es pesado. Siento como mi corazón se acelera y no es bueno.

- Para asumir el control de la empresa tengo… Tengo que casarme contigo.

¿Qué?

Escucho lo que dice pero no logro entenderlo.

- Dentro de una semana se estará celebrando la boda – anuncia como si nada – espero y no estés esperando una gran boda – ve la hora en su reloj como si lo que estuviese diciéndome fuese algo sin importancia – solo celebraremos una pequeña recepción con algunos socios comerciales y accionistas de la empresa luego de firmar los papeles en el registro civil.

Incrédula no hago otra cosa más que observarlo en silencio.

No estoy segura de haber escuchado bien.

¿Casarme?

¿Con él?

¿En una semana?

Lo observo esperando a que se ría, a qué me diga que es solo una broma, una broma bastante cruel, pero no lo hace.

Sebastián habla con tanta seriedad que me deja sin habla.

- No muestres tanta emoción – dice con sarcasmo – solo será por un año, así que no te ilusiones.

Aturdida no puedo dejar de observarlo.

- ¿Y que te hace pensar que yo quiero casarme contigo? – digo volviendo a la realidad - ¿Sigues pensando que puedes decidir por mi? Yo no soy una de tus empleadas Sebastián. Me niego a hacer cualquier cosa que tú digas. Es absurdo, todo lo que dices es una locura. No lo haré – declaró – no lo haré – repito más fuerte.

- Si no lo hacemos pierdo el control de todo – dice molestó – ya no sería el CEO sino un simple accionista sin poder dentro de mi propia empresa.

- Eso… Eso no es mi problema – digo dando la vuelta para volver a la cafetería. Mi descanso ha acabado.

- Ahora lo es – declara Sebastián detrás de mi – mi abuelo lo ha estipulado en su testamento.

No puedo creerlo.

Incrédula giro para encararlo.

No puedo creer que Julián se haya atrevido a hacer algo así.

Los ojos de Sebastián, esos ojos tan conocidos pero tan diferentes a la vez me observan con lo que creo es odio.

- Empaca lo que necesites. Nos vamos hoy. El vuelo sale en tres horas.

- No puedes obligarme – digo molesta.

Sebastián se acerca hasta donde estoy, solo lo suficiente como para que tenga que inclinar mi cabeza hacia arriba otra vez.

- Puedo – dice con voz amenazante – se que tienes muchas deudas, deudas que yo puedo ayudarte a pagar. Solo tienes que acceder a estar casada conmigo durante un año. De lo contrario haré que esas deudas se multipliquen por cien.

Se que lo que dice no son solo palabras vacías.

Él realmente se atrevería a hacerlo.

Mi corazón late muy fuerte pero aún así no puedo dejar de mirar a Sebastián.

- ¿Me investigaste? – pregunto con asombro – ¿A eso te dedicas ahora, a investigar y amenazar a personas? ¡Eres un matón! – exclamó – ¡Esto ni siquiera es legal!

- Piensa lo que quieras. No me importa. Igual harás lo que yo digo.

Jadeando lo observo.

- Te odio – me escucho decir.

- Será solo por un año – dice con tanta frialdad que me hace estremecer – solo tendrás que estar conmigo por un año. Luego puedes volver a regresar a este lugar – dice con desdén – dónde más nunca tenga que ver tu cara.

Aunque sus palabras dicen una cosa mi corazón dice otra.

Siento que esconderme de nuevo no será tan sencillo como la primera vez.

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