Dixon.
Golpeó las paredes metálicas como si fueran las únicas culpables de todas sus penas. Ver a Chantal, no hablarle ni tocarle era una puta tortura que lo llenaba de rabia. Sabía que se tenía que aguantar; darle su espacio y que fuera ella la que decidiera cuándo establecer contacto con él. Lo había pautado así; no podía hacer más que admirarla desde las sombras. Escribirle mensajes o llenarle la oficina de mariposas. Eran acciones banales que no rellenaban ni una ínfima parte de las ganas c