97. Te extraño
Empezó como suelen empezar las mejores cosas: sin un plan.
Simplemente nos besábamos, estábamos muy cerca, respirando el mismo aire. En algún momento se quitó la chaqueta y mi cárdigan, y nos quedamos enredados en mi estrecha cama, con la luz de la farola filtrándose por las cortinas mientras la tarde se desvanecía.
Entonces se movió y me atrajo hacia él, y lo sentí: ese calor particular, la presión de su cuerpo a través de la tela vaquera, y todo se ralentizó.
No se quitó nada más. Yo tampoco.