14. Inclíname, papi
Se levantó bruscamente, llevándome consigo, y yo rodeé su cintura con mis piernas. Me sacó de su oficina y me condujo por el pasillo hacia la cocina, mordiéndome el cuello con tanta fuerza que me dejó marcas.
—Alguien podría vernos… —empecé a decir.
—No hay nadie en casa —me interrumpió, dejándome caer bruscamente sobre la isla de la cocina—. Solo tú y yo, nena. Y se acabó el fingir que soy buena.
Me quitó la camiseta de tirantes por encima de la cabeza, dejando mis pechos al descubierto. Inmed