Él rechazó con frialdad:
—¡No! Si tienes algo que decir, dilo ya. Si no lo haces, tengo mil maneras de hacer que hables.
Pero para sorpresa de él, cuando terminó esa frase, Daciano lo miró con una cara de desconcierto y le dijo:
—¿Por qué eres tan aburrido? ¿Crees que esos cuatro van a poder escapar? ¿O es que no confías en tu propia fuerza? Si no confías, no te preocupes, yo sí confío en la mía. Esos tipos, aunque quisieran huir, no podrían lograrlo en absoluto.
Franco apretó los dientes con