Aunque esas palabras las habían dicho Libardo, Canuto seguía sin poder creerlo. ¿Cómo era posible? Ese joven no significaba nada para él; a sus ojos, no era más que un don nadie que solo se destacaba por decir tonterías.
Canuto respiró hondo, sintiendo que su ira estaba a punto de desbordarse:
—¡Dímelo otra vez!
Libardo, resignado, repitió lo mismo que le había contado. Fue entonces cuando Canuto se dio cuenta de que él mismo no estaba alucinando; lo que había oído era real. Apretó los dientes y