Eso no era diferente de los matones que aprovechaban su fuerza para intimidar a los débiles del mundo de segundo nivel. La única diferencia era que la fuerza de Fernando estaba muy por debajo de la de ellos, pero compartía la misma actitud despreciable.
Fernando estaba tan furioso que su rostro casi se volvió negro, casi estallando de ira mientras miraba a Fane con odio ardiente.
—¡No te perdonaré nunca! —gruñó Fernando con rencor.
—¿Pueden dejar de hablar ya? —les dijo el hombre con la máscara