Estas palabras casi fueron gritadas por Quilliam, lo que demostró cuán emocionado estaba. Mientras las decía, su lengua se enredaba, evidenciando su exaltación. El mayordomo segundo frunció el ceño y su rostro se volvió rígido al instante.
Quilliam lo miró con duda, preguntándose por qué el mayordomo segundo lo estaba observando con una mirada tan extraña, como si el logro que acababa de alcanzar no fuera suficiente para impresionarlo.
Quilliam se sentía cada vez más extrañado. Era consciente de