No había forma de que Wesley, con su temperamento feroz, dejara que Fane se escapara tan fácilmente. Ni siquiera una paliza podría calmar su ira. Sin embargo, el Diácono Ambrose y Fane no eran muy cercanos, así que prefirió no defender a Fane y siguió observando desde lejos.
Los comentarios del público le llegaban continuamente al oído y sus especulaciones sin fundamento lo dejaban sin palabras. Por muy poco dispuesto que estuviera a defenderse, no le quedó más remedio que hablar en su defensa