La confesión escuchada
El rugido del motor del auto de Taylor resonó en el estacionamiento subterráneo de Blackwood Industries, pero el verdadero estruendo ocurría pisos arriba, en el despacho principal.
Alexander Blackwood no esperó a que el ascensor marcara el piso uno. En cuanto la puerta de la sala de juntas se cerró tras Taylor y su "prometida", él ya tenía el teléfono en la mano. Sus dedos marcaron con una urgencia que rayaba en la desesperación.
—Buenos días, señor Miller —dijo Alexande