En una celda de alta seguridad, la madre de Roberto se encontraba sola, envuelta en la oscuridad de su propia mente. Los guardias la observaban con una mezcla de desprecio y desdén mientras ella gritaba a pleno pulmón que era inocente, como si el simple acto de negar la realidad pudiera cambiar su destino.
— ¡No estoy loca, no lo estoy! — vociferaba, con los ojos llenos de desesperación—. ¡Tienen que creerme!
Los guardias intercambiaron miradas de incredulidad. Estaban acostumbrados a lidiar c