52 Desesperanzas.
Se hizo muy tarde por la noche, la casa de Perla estaba muy silenciosa, tan silenciosa como ella que estaba devastada, con su cuerpo tumbado sobre la cama y su rostro lo tenía hinchado de tanto llorar. A medianoche Fabiola le llevó té.
—Bebe aunque sea un poco.
—No quiero.
—Necesitas estar calmada por tu bebé. —Perla volteó a mirarla, tenía los ojos enrojecidos por el llanto.
—¿Cómo podré calmarme cuando su padre está muerto?
—Lo sé, sé cuánto sufres, también pasé por ese dolor cuando murió el