Se quedaron quietos por unos segundos, sintiendo las oleadas del bestial orgasmo que los recorría a ambos. Hasta que Cassandra perdió fuerza en sus muslos y quedó completamente acostada en la cama, llevándose consigo el cuerpo de Gavel, que se recostó contra ella, besando y lamiendo la reciente marca que le había dejado en su cuello. Una no tan profunda, pero que le llenaba de orgullo.
—¿Estás bien? —le preguntó, lamiendo su piel y dejando besos ahora en su hombro.
—Nunca pensé… que un orgasmo me podría llevar por tierra —jadeó la beta—. Estoy molida.
Su comentario sacó una risa de Gavel, que se corrió a un lado, sacando lo que quedaba de su miembro del interior de Cassandra, y se quitó el condón para amarrarlo y dejarlo a un lado. Un gemido salió de la beta ante aquel movimiento que la hizo sentir vacía y abierta.
—No se desgarró —dijo Gavel, una vez que tocó con la punta de sus dedos el agujero dilatado, suave e hinchado—. Lo hicimos bien.
Cassandra giró su rostro hacia él; tenía un