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Se quedaron quietos por unos segundos, sintiendo las oleadas del bestial orgasmo que los recorría a ambos. Hasta que Cassandra perdió fuerza en sus muslos y quedó completamente acostada en la cama, llevándose consigo el cuerpo de Gavel, que se recostó contra ella, besando y lamiendo la reciente marca que le había dejado en su cuello. Una no tan profunda, pero que le llenaba de orgullo.

—¿Estás bien? —le preguntó, lamiendo su piel y dejando besos ahora en su hombro.

—Nunca pensé… que un orgasmo
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