— ¡Tus deseos son órdenes mi amor!— susurró él.
Nuevamente retomó la sublime tarea de acariciar su flor encarnada usando su lengua con suavidad, ella arqueaba sus caderas para recibir más de aquella exquisita caricia, sentía como se inundaba de placer aquella zona llena de sensibilidad.
Además de que él con sus manos también le recorría todo el cuerpo incendiando con pasión todos sus sentidos, ya no podía más y demandó de él lo que anhelaba con tanta vehemencia.
— ¡Oh, hazme tuya mi amor, por