Ya era casi mediodía cuando Yudith regresó a la casa. Encontró a la señora Nani muy angustiada, con el rostro pálido y las manos temblorosas.
—¿Qué sucede, señora Nani? —preguntó Yudith, preocupada al ver el estado de la mujer.
—Es... es que... —balbuceó la señora Nani, incapaz de continuar mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.
Yudith se acercó y la tomó de las manos, tratando de calmarla. La señora Nani respiró hondo y, con voz quebrada, finalmente logró articular:
—Es María, señora... me