Isabella no pudo evitar bromear con él. Girando ligeramente la cabeza, le dedicó una sonrisa clásica y penetrante. —Bueno —dijo—, dijiste que lo tendría comiendo de la palma de mi mano al final de la reunión. Supongo que tenías razón.
Alexander la miró fijamente a la defensiva, apretando ligeramente la mandíbula. —Eso no es lo que quise decir, y lo sabes —gruñó. Sus ojos oscuros la recorrieron posesivamente, siguiendo la elegante curva de su cuello hasta donde su vestido de seda color crema se