Edward noto la rubia sentada al otro lado del bar, acariciando el borde de la copa con sus dedos, sus labios rojos esbozaban una sonrisa. Bella, voluptuosa. Destilaba deseo, sexualidad. No había nada tímido o recatado. La tendría si quisiera, sin consecuencias. A ella no le importaría la alianza que llevaba en el dedo. No tenía relación con su mujer.
Sonriendo, la rubia se levantó y llegó a su lado.
–¿Está solo esta noche?
«Todas las noches».
–Mi dama no está de humor para fiesta.
Ella