Mirando que Diego no estaba muy entusiasmado, los demás no se atrevieron a quedarse y se fueron uno por uno. Pronto, en la habitación solo quedaron Diego y Lola. Ella aún no había hablado, pero sus ojos se llenaron de lágrimas mientras lo miraba, a punto de llorar.
Diego no podía ser indiferente ante ese rostro.
—¿Qué pasa? ¿Alguien te ha tratado mal? —preguntó.
Lola sabía cuál era su ventaja y cómo mostrarla frente a Diego.
—No, solo... no he visto tu cara en varios días, te he extrañado mucho.