Escondí la ecografía en el bolsillo trasero de mi pantalón con un movimiento rápido, casi instintivo, como si mi cuerpo ya supiera que aquello no podía ser visto por nadie.
Sentí el borde del papel contra mis dedos y lo empujé más adentro, asegurándome de que no sobresaliera. Mi corazón latía con fuerza, demasiado rápido, como si quisiera delatarme.
Levanté las manos lentamente, obligándome a mantener la calma.
—¿Qué oculto? Nada —dije, intentando que mi voz sonara firme—. ¿Qué haces aquí? ¿N