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Nathan se quedó en el umbral de la sala, abrazando a su peluche desgastado, pero con los ojos fijos en la puerta por donde ese hombre casi desconocido había salido.

Lo recordaba de la oficina y aunque al principio pensó que era mudo, el hombre había hablado de una manera nerviosa y atropellada que lo dejó algo confuso, pero curioso.

Simón. Así le había dicho su mamá que se llamaba.

Nathan frunció el ceño, sintiendo un revoltijo extraño en el pecho, una mezcla de curiosidad y algo que no sabía
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