Días después, Delia caminó con paso lento hacia la casa de Natalia, sintiendo una mezcla de alivio y nerviosismo. Aún estaba recuperándose del ataque que casi le cuesta la vida, pero la verdadera carga que llevaba era la de los secretos que debía guardar.
Al entrar, encontró a Natalia en la sala, acariciando distraídamente su vientre mientras hojeaba un libro de maternidad.
—¡Por fin apareces! —exclamó Natalia, levantándose con cuidado para abrazarla—. ¿Dónde te habías metido? ¡Te perdiste l