Natalia se quedó mirando a Astrid, sin saber si reírse o enfurecerse.
—¿Mi hermana? —repitió lentamente, como si las palabras fueran en un idioma desconocido—. Eso es… imposible.
Astrid se inclinó ligeramente hacia adelante, con las manos entrelazadas en su regazo y una expresión que mezclaba paciencia y nerviosismo.
—No lo es tanto —replicó con voz serena, aunque sus ojos reflejaban una chispa de desafío—. Cuando vi lo parecidas que somos, no pude ignorarlo. Empecé a investigar, sobre to