Mientras tanto, frente a la casa en llamas, Simón se acercó a los bomberos con paso firme y decidido, aunque uno de ellos intentó detenerlo.
—Señor, no puede pasar —puso una mano sobre su pecho, mirándolo con expresión seria—. Es demasiado peligroso.
—Mi hijo está ahí dentro —respondió Simón, con los dientes apretados—. Voy a entrar, les guste o no.
El bombero abrió la boca para replicar, pero Simón ya había avanzado hacia la entrada, ignorando los gritos de advertencia.
—Señor, regrese —ll