Ana bajó la mirada, el temblor en sus manos era evidente mientras Simón la observaba con una mezcla de dureza y esperanza. Había sido paciente, pero ya no podía soportar más mentiras.
—Señora Ana, necesito que confiese todo frente al juzgado —le pidió con voz tensa—. Las amenazas, las mentiras, todo lo que Isabella la obligó a hacer.
Ana levantó lentamente la vista, sus ojos llenos de remordimiento.
—Eso haré —respondió con un hilo de voz, asintiendo con rapidez—. Lo lamento tanto, señor C