La muchacha tenía los labios dulces por la azúcar de las rosquillas fritas que su abuela había preparado y nada disfrutó más que esos besos. Inocentes y cargados de dulzura, lentos y con tantos espasmos que los músculos le dolieron.
Joseph se metió entre sus piernas y se dejó caer encima de su cuerpo, ese que se hallaba cómodo en el centro del pequeño diván. Sus manos bajaron por sus piernas y delinearon con lentitud sus muslos y pantorrillas en repetidas ocasiones, llevando a Lexy a clamar sob