Sin embargo, la expresión de Simón empeoró al escuchar las palabras de Noa.
—¿Olvidado? —preguntó con incredulidad.
Noa mantuvo la calma y asintió con determinación.
—Sí, estoy segura de que tampoco te gustaría que lo recordara.
Simón apretó los labios, mostrando un disgusto evidente en su rostro. Antes de que pudieran continuar la conversación, las puertas del ascensor se abrieron revelando a un grupo de personas conocidas dentro.
—¡Hola, Simón! —saludaron animadamente.
—Simón, buenos días.
—¡A