Ella no se atrevió a enunciar palabra, mordió su labio inferior, en ese momento se arrepintió de insistirle a Noa para que aceptara y firmará el paquete que le dio aquel gerente.
—Lo siento…
Al escucharla, Noa volvió en sí.
—Está bien, no dejes que te afecte.
Luego de eso, ella fue a guardar el objeto dentro de un cajón. Lo que quería era su propia pulsera, no aquella que había costado una fortuna y que, sin embargo, no tenía ni una pizca de significado con ella misma.
Tres días después.
Mario