Diente de león: Segunda parte.
El pequeño Ferus había crecido rápido y ahora tenía 3 años. Era un niño muy alegre y entusiasta, con una energía que parecía no tener fin. Corría y saltaba por la casa, sus pequeños pies haciendo eco en el suelo de madera mientras su risa inocente llenaba el aire. Aquella risa, tan pura y brillante, era un rayo de luz en medio de la penumbra que parecía envolver el hogar. Ferus no conocía otro sentimiento más que el amor, y lo demostraba cada vez que veía a Fausto. Con ojos llenos de admiración