Los sirvientes se apresuraron a llevarse a Dilia, quien seguía resistiéndose y gritando entre lágrimas:
—¡No, padre, madre! ¡No pueden hacerme esto! ¡Me he dado cuenta de mi error, cambiaré! Pero no pueden... ¡no pueden quitarme mi feudo!
Los sirvientes dudaron, indecisos. Esta vez fue la reina quien intervino con voz firme:
—¡Llévenla!
Por mucho que les doliera, no podían ceder ahora. Los sirvientes no se atrevieron a dudar más y se apresuraron a sacar a Dilia.
Sus llantos y súplicas pronto se