Esposa vengativa de la mafia
Esposa vengativa de la mafia
Por: Florencia Tom
Capítulo 1

CAPÍTULO 1.

Para vengarse de sus padres, se entrenó estrictamente desde pequeño, trató de ocultar sus emociones y se convirtió en un frío mafioso y asesino.

El sudor le recorre la piel, cada esfuerzo que hace con las pesas no llegan ni siquiera al esfuerzo que él realmente desea. Necesita más peso

Mark se inspecciona en el espejo mientras hace ejercicio. Sus músculos se contraen, su piel empapada le pide que se detenga, pero él sigue hasta que cada parte de su cuerpo empieza a latirle como si estuviera a punto de contraer fiebre.

La música que lo acompaña lo aleja de su realidad. Le encanta. Tiene un físico que derrite a las mujeres e intimida a los hombres. Incluso a veces sucede lo contrario.

Su cabello castaño está pegado a su frente, respira con dificultad hasta que gruñe y suelta las pesas que estaba utilizando para ejercitar los brazos. Estás provocan un seco golpe contra el suelo.

Toma una pequeña toalla oscura que hay encima de uno de los bancos de su gimnasio privado y seca la transpiración que hay en su nuca. Cierra los ojos, echando la cabeza hacia atrás y deja salir un suspiro de sus labios.

El cronometro de su móvil empieza a sonar.

Fin del entrenamiento.

Basta por hoy.

Para matar a sus enemigos y poder tener el control de todo aquel que quiera ponerlo en peligro, Mark se entrenó por años. Ningún bendito musculo ha nacido por decisión de Dios, sino que, él causó un cambio impresionante en él.

Un cambio físico y mental. Pero como aquella mentalidad que a veces se rompe en miles de pedazos, Mark se volvió una persona fría y solitaria que no desea atarse a nadie. Porque es consciente que todo aquel que se le acerca, es un blanco fácil.

Camina hacia una de las duchas que hay en la planta secundaria de la casa, desnudándose por completo y una vez que está dentro de la ducha, abre el agua fría.

Su cuerpo expulsa vapor. Deja que el agua lo empape mientras el ardor de algunas heridas empiezan a ponerlo de mal humor, hasta que se acostumbra a ellas una vez más. Abre los ojos, viendo como sus manos que poseen cortadas un poco profundas se dilatan mientras el agua cae.

Últimamente el agua se ha convertido en un fiel amigo suyo porque limpia lo que desea borrar. Elimina la sangre como si nada hubiera pasado, pero aún así, el liquido no logra arrastrar todo lo que ha visto.

Si tan solo pudiera volver el tiempo atrás…

***

Era huérfana y una doctora independiente.

Ella desea dejar la medicina.

Lo supo cuando vio morir a varios pacientes suyos.

Obviamente no tuvo la culpa, pero nadie puede convencerla de eso. Ni siquiera su propia mente.

Está tan dañada por dentro que para ocultar todo su pasado y tristeza sonríe a todo niño que le da una sonrisa. Esto le recuerda que hay otros que la están pasando tan mal, que prefiere sepultar sus recuerdos. Los minimiza para no sentirse peor de lo que está.

Para ser sincera, hoy no es un buen día para ella.

—Te he traído un globo, Darío—la doctora le da un globo en forma de avión y al niño se le ilumina los ojos.

No levanta mucho el brazo por el catéter, pero logra tomarlo como si tuviera ante él una de las primeras maravillas del mundo.

“Ojala yo pudiera ver la vida así”, pensó la doctora con una sonrisa melancólica en sus labios.

—Muchísimas gracias, doctora Luz.

—De nada, Dario. Prometo traerte otro en cuanto sepa a dónde se consiguen otro pero en forma de perrito—se rie ella.

El niño le pide a su madre la cual se encuentra sentada al lado de la camilla que le cuelgue el globo en una de las barandas de la cama. Una vez colgado, el niño vuelve a reposar la cabeza en la almohada y contempla el globo que flota encima de él.

Este sonríe.

—Gracias por todo lo que haces por él, Luz—le agradece la madre.

La doctora le sonríe en respuesta.

—Daremos batalla hasta el final, señora Gomez—le asegura la doctora.

Sabe que en su profesión está prohibido prometerle a alguien una mejora de salud, por lo que a veces le resulta a Luz algo complicado encontrar las palabras adecuadas.

Dario necesita un trasplante de corazón, por lo que la espera se está haciendo larga tanto día o noche.

Es un niño de tan solo nueve años que tiene tantas ganas de vivir…

A pesar de que el niño no posee un buen aspecto, su buen humor y enorme energía siguen intactos.

Luz sale de la habitación para visitar otros pacientes. Una vez que termina esa labor, va directo a la cafetería y se pide un latte con un tostado relleno de jamón y queso.

Se sienta en una de las mesas libres dejando la bandeja. No tarda ni dos segundos en hacer eso que ya Nick, uno de sus colegas, toma asiento en la silla de enfrente.

—Mis piernas han muerto—resopla en muchacho tras tocarlas mientras las estira. Le da un golpecito dramático a cada una.

—¿Desde que hora estás en el hospital, Nick? —Luz levanta las cejas.

—No lo sé, ya he perdido la noción del tiempo y tengo muchísima hambre—comienza a devorar la ensalada como si no hubiera un mañana.

Luz lo observa, curiosa mientras se rie. Nick es la clase de hombre simpático y divertido cuando no está tan dormido como aquel día. Es bueno con los niños y todo un galan. Las enfermeras han hecho un club de fans a su nombre.

Es un excelente cirujano de treinta y dos años.

Luz aún no ha elegido una especialidad. Es doctora general sin especialidad aún. No se ha decidido y no cree escogerlo nunca, porque ella tiene otros sueños los cual perseguir.

—En dos horas me voy—la doctora mira a través de la ventana tras ver las nubes grises pesadas que se aproximan en el horizonte—. Sólo deseo llegar a casa antes de la lluvia que se aproxima.

—Creí que hoy harías guardia.

—No, lo hice ayer—le cuenta—. Quiero llegar a casa y dormir mucho, estoy muy cansada para ser sincera.

—¿Sigue en pie eso de dejar la medicina? —le pregunta Nick con cierta tristeza en su voz.

La chica no dice nada, sólo le da un sorbo a su café.

—Hasta el momento ese es el plan, Nick.

El cirujano tuerce el labio, pero no dice nada. Luz agradece que no intente convencerla otra vez de que se quede.

Tras subir a su coche y empezar a conducir, la doctora pone música para despejar su mente. Empieza a caer la noche y el cielo pretende dar la peor de las tormentas…

***

Horas antes…

Recibe una llamada de su tío.

Y sabe que cuando ve un numero desconocido en la pantalla de su móvil se trata de él.

Su tío era el jefe de una banda, despiadado y loco.

Mark pone mala cara y tiene ganas de lanzar el teléfono al otro lado del cuarto de baño, hacerlo trizas contra la pared. Pero hacerlo seria que lo maten también. Y él quiere tener el privilegio de morir cuando él desee aún sabiendo lo extraño que seria hacerlo debido al camino que eligió.

El camino que solo un mafioso tiene…

Atiende, llevándose el móvil a la oreja.

—Tardaste en contestarme—gruñe el tío al otro lado del teléfono.

—Pero lo hice.

—No me gusta cuando haces eso. Me pone furioso, sobrino.

Odia como le dice “sobrino” de forma despectiva. Como si fuese una desgracia serlo.

—¿Y ahora qué pasó? —el hombre se sienta en la punta de la cama, llevándose una mano a la frente.

Mark tiene un aspecto agotado.

—Hay un trabajo para ti.

Cierra los ojos y una de sus manos se hace puño contra su frente. Mira el cielo. El ventanal de su hogar tiene una bonita vista que se contrasta con su vida de asesino.

—No puedes hacerme esto, tío. Quiero dejarlo—escruta Mark, gritando por dentro.

—Sabes que eso jamás será posible.

—¿Qué quieres? —pregunta un poco más duro.

—Escúchame sobrino porque no habrá forma de que te lo repita de nuevo porque este móvil será destruido al igual que su chip.

—Te escucho, tío.

—Un traidor me ha robado unos documentos importantes y necesito que los busques. Sé dónde se encuentra, así que el resto tendrás que hacer el trabajo tú solo.

—¿Y por qué nos vas tú? —le pregunta su sobrino con ironía.

El tío se ríe a carcajadas y eso pone de mal humor a Mark.

—Te pasare las indicaciones del sitio, tú ve y haz lo que te pida ahora, sobrino…

Entonces recibió la orden urgente de su tío de asesinar a un traidor que había robado documentos confidenciales y de devolver los documentos.

**

La lluvia empapa su rostro. Esta se mezcla con el sudor que en aquel momento sus poros desatan. Está nervioso, pero no lo suficiente como para echarse atrás.

Los tiene en la mira, los observa, los analiza y sabe que tarde o temprano van a caer como varios que ya han caído antes y que ahora están bajo tierra.

Entonces entra con sigilo al edificio abandonado en donde está la banda enemiga de su tio y logra matar de un disparo en la cabeza al que ha robado los documentos.

Este hombre mayor de cicatrices en el rostro se encontraba a solas con dos matones que no tardaron en morir degollados a las afueras del edificio.

Para Mark fue sencillo deshacerse de ellos, pero más lastima le dio asesinar a aquel que tenia los documentos, ya que cuando lo hizo, lo vio observar una fotografía de la que parecía su nieta en el escritorio de este.

Mark pensó en frio tras dispararle en la cabeza con un silenciador en el arma.

Con lo que parecía los documentos en la mano, pretendió marcharse como si nada hubiera pasado, pero le tendieron una emboscada.

Un grupo de hombres entraron al edificio y lo hirieron de un disparo. Mark era hombre muerto.

***

Los días lluviosos a veces vienen con sorpresa: descubres una nueva gotera en la casa, se te mete una araña que desea escapar del agua, la luz se va y te quedas sin energía.

Pero en este caso, cuando la doctora Luz estaba regresando de su servicio, se encontró a un hombre tendido en el porche de su casa.

La luz de la calle era tenue, no había mucha iluminación y la luz del porche estaba apagada, por lo que el hombre, ante la vista de ella, era una gran montaña de ropa negra que soltaba alaridos que él mismo deseaba disimular en un intento de hacerse fuerte.

La doctora soltó, como reacción una exclamación similar a las palabras, al igual que su maletín de cuero que cayó en un charco que había en la entrada.

Corrió hacia el hombre y tomó su rostro.

Era un sujeto enorme herido que estaba agonizando.

—Dios mio—susurró ella, buscando las llaves de su casa en el bolsillo del uniforme.

Tras encontrarlas, entró a la casa arrastrando el cuerpo de Mark, quien estaba desvaneciéndose a medida que corrían los minutos. A medida que lo arrastraba sintiendo el peso infernal de su cuerpo, se empezaba a ser un camino de sangre, el cual, manchaba el suelo.

—No, no, mantente despierto, por favor—le pide Luz, una vez los dos adentro.

Va a buscar su maletin que ha quedado fuera y entra corriendo.

Hogar dulce hogar pero con alguien muriendo en su pequeña casa.

La doctora está a punto de llamar a emergencias tras buscar su móvil, pero al echar un vistazo al accidentado, nota que este ha sacado un arma y está despierto.

El arma apunta directo a su cara.

—Ni se te ocurra llamar a emergencias ni a la policia—gruñe el hombre, adolorido mientras no para de sangrar a la altura de su cintura.

Luz se queda inmóvil. Tiene el teléfono pegado a la oreja. Lentamente va bajando el celular y vuelve a meterlo en el bolsillo una vez que le muestra que ha cortado la llamada.

—Bien, bien. He cortado. Te juro que he cortado, mira—se lo enseña. Su voz tiembla—. Por favor, ahora te pido que bajes el arma.

—No voy a bajarla hasta que me cures—le ordena, serio, mientras su rostro está pálido y ve las gotas de sudor en él.

La pobre joven asiente con la cabeza y camina despacio hacia su maletín. Mark sigue sin confiar, por lo que sigue apuntándola con el arma.

Luz se arrodilla a la altura de su cintura.

—Por favor—le suplica con la voz apenas audible—, necesito que te muevas un poco porque no alcanzo ver la herida.

A pesar de que ha encendido la luz del interior de su casa, la doctora, por los nervios, no logra ver del todo de dónde sale tanta sangre.

Mientras Mark agoniza, no puede creer lo parecido que es ella a su madre cuando era joven.

Ese fue el último pensamiento que tuvo antes de desmayarse completamente.

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