Ella estaba ahí, a dos centímetros de sus labios, olía extremadamente dulce, sabía que ese era el sabor de sus labios, pues desde que los probó no había podido dejar de pensar en hacerlo de nuevo.
Deseó con todas sus fuerzas poder contenerse, pero no pudo hacer nada cuando ella se acercó y posó sus labios sobre los suyos, con esa suavidad que le hizo perder la cabeza. Su corazón tuvo un palpito salvaje que oyó retumbando contra su caja torácica. Rafael podía engañar a otros , pero no a él mism