Esposa por Contrato del Alfa Más Peligroso
Esposa por Contrato del Alfa Más Peligroso
Por: Katty
cap 1

POV de Selene

El hedor a sexo y sudor rancio en la habitación era tan espeso que podía sentir cómo me recubría la garganta. Detestaba cada segundo en este lugar. A veces, realmente creía que mi belleza era una maldición: un castigo divino por un crimen que no había cometido.

Con un resoplido ahogado, me arrodillé sobre la alfombra de piel. Mis manos temblaban mientras pasaba un paño húmedo por el suelo, fregando el desastre que Walter y su último juguete habían dejado atrás.

“Mira esto, Liana…” la voz de Walter resonó en mi oído como mil dagas.

Sentí su presencia acechando a centímetros de mi cuerpo. “Es exquisita, ¿no? Es una lástima que sea una traidora.”

Elena, una loba de alto rango que aún jadeaba sobre la cama de Walter, soltó una carcajada burlona. Apenas se molestó en cubrirse con las sábanas de seda, mirándome con una superioridad que me daban ganas de escupirle en la cara.

“Es una pena que algo tan lindo esté… tan podrido por dentro,” ronroneó ella, con su mirada recorriendo mi túnica gris y desgastada.

Walter soltó una carcajada y se inclinó, agarrando mi barbilla con una fuerza que dejó moretones, obligándome a mirarlo a los ojos. Este era su juego favorito: obligarme a presenciar su libertinaje con docenas de mujeres lobo mientras me mantenía pura, encerrada en esta maldita mansión

“No tienes idea de cuánto deseo probarte,” susurró Walter, su pulgar presionando mi labio inferior hasta que palpitó. “Pero tienes fuego en la sangre, Selene. Y cuando encuentre la manera de apagarlo, te lo juro... pasarás cada noche inmovilizada bajo mi cuerpo.”

Sus palabras provocaron una oleada de asco dentro de mi pecho. Mis garras se desenvainaron, clavándose en la tela hasta el punto de sentir que casi se rompian.

Quería matarlo allí mismo, arrancar de su rostro esa maldita sonrisa de satisfacción y cubriría toda la maldita mansión con su sangre asquerosa

Pero yo era demasiado débil para matarlo. Mi única esperanza era esperar una oportunidad para correr y rogar que nunca me encuentren

Tragándome el orgullo, bajé la mirada al suelo. Walter me soltó con un gesto de asco y señaló hacia la puerta.

“Termina de limpiar y vuelve a tu torre. No quiero ver tu cara por el resto de la noche.”

No repliqué. Solo me puse de pie, con las rodillas doloridas, y salí de la habitación en silencio. Pero esa noche no volví a mi habitación. Al contrario, me fundí entre las sombras del pasillo cuando vi a Raymond, el General de Walter, entrando en el estudio privado.

La puerta no se había cerrado del todo. Ante eso aproveché y me pegué contra la fría pared de piedra, conteniendo el aliento.

“El trato está hecho, Walter,” la voz de Raymond se oyó cómo un gruñido bajo. “Los Rastreadores de Sombras han aceptado los términos. A cambio de la chica, nos darán acceso a las Tierras del Sur.”

“¿Están seguros de que el Rey de las Sombras se la quedará?” preguntó Walter, mientras parecía menear un vaso lleno de alcohol.

“Sí. No tiene idea de que ella es una zorrita inútil. Solo verá a la mujer más hermosa que jamás haya conocido. Para cuando se dé cuenta de que la chica no es especial, nosotros ya tendremos el control.”

En cuanto oí esas palabras, mi mundo se tambaleó. Mis manos se cerraron en puños, las uñas hincándose en mis palmas hasta que un calor extraño y abrasador comenzó a irradiar de ellas.

¿Walter planeaba venderme? ¿Cambiarme como ganado al Rey de las Sombras?

No permitiré que esto suceda.

Sin pensarlo dos veces, adelanté mi plan de escape. Esa misma noche, mientras Walter dormía bajo los efectos de su exceso hedonista, y sin empacar nada, solo salte por la ventana.

El golpe fue seco, y doloroso, Pero no le di importancia.

Corrí hasta que mis pulmones ardieron como plomo líquido. Cada paso sobre las raíces retorcidas del bosque era una agonía que me recorría las piernas. Detrás de mí, solo resonaban los aullidos rítmicos de los guerreros de Walter.

“¡Ahí está! ¡No dejen que cruce la línea!” el rugido de Raymond me hizo tropezar.

Caí de bruces en el lodo helado. Gateé, sintiendo la suciedad empapar mi ropa rota, antes de arrastrarme contra el tronco de un árbol. En ese momento, la luz de la luna filtrándose entre la copa de los árboles reveló exactamente lo que Walter estaba tan ansioso por vender.

“Levántate,” una voz profunda y autoritaria resonó en mi mente. Era mi loba. “No podemos dejar que nos atrapen. ¡Corre. AHORA!”

La voz vibró a través de mis huesos, dándome una nueva ráfaga de adrenalina. Salí disparada, sin mirar atrás, pero una silueta enorme se lanzó de repente en mi camino, obligándome a frenar de golpe.

“¿A dónde crees que vas, pequeña perra?” Raymond lucía una sonrisa repugnante que dejaba claro que sus intenciones no eran solo profesionales.

“¡Lejos de ti!” escupí sangre a sus pies.

“Walter me dio permiso para inspeccionar la mercancía antes de entregarla al Mundo Oscuro.” Se lamió los labios, avanzando con pasos lentos y depredadores. “Sería una tragedia dejar que algo tan perfecto se desperdicie sin que yo lo pruebe primero.”

Las náuseas surgieron en mi estómago. Miré por encima del hombro hacia el borde del acantilado. Maldita sea. Era una caída larga, pero el suelo de abajo estaba cubierto de nieve espesa.

“Sé una buena cachorrita y regresa. Prometo que no te lastimaré demasiado,” dijo Raymond con una mueca cínica.

“¡Jamás!” grité.

No le di oportunidad de reaccionar. Me di la vuelta y me lancé al abismo que marcaba la frontera prohibida del Territorio Eclipse.

El aire cambió instantáneamente. El aroma a pino desapareció, reemplazado por el olor de una tormenta inminente, acero frío y algo mucho más podrido. El bosque cayó en un silencio sepulcral mientras yo caía.

Raymond se detuvo en seco en la frontera, con los ojos muy abiertos por un terror genuino. Esa mirada de miedo en su rostro me dio un último segundo de gloria antes de que el viento me robara el aliento.

“¡Estás muerta, Selene!” gritó Raymond, retrocediendo. “¡Has entrado en el territorio de Drake! ¡Nadie sale de ahí con vida!”

Impacté contra el suelo, el golpe casi me hizo perder el conocimiento. Pensé que el silencio sería mi aliado, hasta que una sombra más densa que la propia noche se materializó ante mí.

No era solo un hombre. Era una montaña de músculo y autoridad pura. Su torso, revestido con una armadura de cuero negro, irradiaba un calor que hizo que el lodo en mi piel se secara al instante.

Intenté ponerme de pie, pero mis piernas cedieron. Antes de que pudiera tocar la tierra, su mano salió disparada como un relámpago, envolviendo mi garganta con una brutalidad que me robó el aliento.

Sin ningún esfuerzo, me levantó del suelo, inmovilizándome contra un árbol.

“¿Qué tenemos aquí?” su voz era un barítono profundo que me provocó un escalofrío violento por la espalda. “Una pequeña intrusa en mis bosques.”

Mis ojos se abrieron de par en par. ¿Sus bosques? Eso solo significaba una cosa.

“Tú… tú eres…” alcancé a ahogar.

Mis palabras murieron cuando su otra mano se deslizó por mi cintura, apretando mi cadera con una fuerza que arrancó un gemido de dolor de mis labios. El miedo era eléctrico, corriendo por mis nervios como un incendio forestal.

“Yo soy tu nuevo Rey,” raspó él, su aliento cálido e embriagador rozando mi rostro.

Dios, era él. El Rey Drake. El lobo más peligroso del mundo.

“Suéltame…” logré jadear, golpeando débilmente contra su pecho duro como una roca.

“¿Soltarte?” Drake se inclinó, enterrando su rostro en el hueco de mi cuello. Inhaló profundamente, dejando que su aliento caliente quemara mi piel.

Su agarre en mi garganta se apretó, a tal punto que casi perdía la respiracion. Pero justo en ese instante, sentí su virilidad presionando bruscamente contra mi estómago

“Hueles a la manada del Alfa Walter,” continuó él, sus ojos gris brillando con una posesividad maníaca. “Pero no te preocupes… me servirás bastante bien en mi Reino.”

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