Como lo había ordenado Giovanni, Bellini, el mayordomo, ya estaba esperando a Elena en su habitación para escoltarla al despacho.
Aunque sabía perfectamente cómo llegar por su cuenta, todavía le tenía prohibido moverse sin supervisión. Esa constante vigilancia comenzaba a agotarla.
Se preguntaba cuándo Giovanni levantaría su castigo. Tal vez nunca, pensaba con desánimo.
La crueldad y el control que él ejercía sobre ella hacían difícil imaginar un cambio en un futuro cercano. A veces, temía qu