—¿Qué haces con eso? —espeto, acercándome aún más a la mustia—. ¿De dónde lo sacaste?
—Es mío —responde, llevándose la mano al dije y ocultándolo como si fuera su posesión más preciada—. ¿También quieres quitármelo, Zara?
—Eso no te pertenece —frunzo el ceño, sintiendo rabia. Algo dentro de mí grita que ese objeto es mío—. Dame eso, Felicity.
Ella sonríe de una manera tan perturbadora que me revuelve el estómago. Sus ojos han perdido cualquier rastro de inocencia, su expresión... da miedo.
Sin