—¿Qué hace esto aquí? —balbuceó Anastasia con el corazón, latiendo frenéticamente en su pecho.
El hombre la miró mal un instante antes de posar sus ojos en las revistas que sostenía en la mano.
—La pregunta aquí no es esa —su voz era dura como el hierro—. La pregunta es: ¿quién demonios te deje entrar?
Anastasia sintió miedo ante su aspereza, pero trató de infundirse coraje a sí misma. Había ido a ese lugar para obtener respuestas y no se iría sin recibirlas.
—Necesito saber cuál es mi lugar en